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Las hilanderas de Segovia PDF Imprimir E-mail
Escrito por tribuna feminista   
Martes, 12 de Septiembre de 2017 09:55

La reclusa Mercedes Gómez Otero se atrevió a hablar el 25 de enero de 1949. Esa mañana, una dama extranjera – la abogada chilena Klinfel– visitaba la Prisión Central de Mujeres de Segovia, acompañada de las autoridades del centro. Inesperadamente, aquella presa de Franco dijo la verdad: “que les ponían inyecciones sin hervir las jeringas, que tenían que tender la ropa amontonada en una reja, que los váteres estaban dentro de las celdas y que no tenían agua corriente, ni sábanas”. Ella, que como las demás, apenas podía lavarse con agua herrumbrosa de una lata, que malamente arreglaba su cabello cortado en la prisión, que había dormido cada noche durante años hacinada junto a sus compañeras en un petate sobre el suelo helado de la celda, le dijo delante de todos que si quería saber cómo era España que visitase, sola, los suburbios. El cura la increpó: “En un régimen comunista por eso que está usted diciendo la fusilarían˝. A lo que ella contestó que no sabía lo que pasaría esa tarde, cuando esa señora se fuera.

Las presas de la cárcel sabían bien quién era la que así respondía. “Merche” Gómez Otero, una ex modista madrileña transformada en irredenta antifascista, había pasado por un consejo de guerra y cumplía desde 1945 una condena de treinta años de cárcel. Pertenecía al Partido Comunista y había sido enlace e informadora de los “guerrilleros” que cometían atentados contra falangistas. Así que el azar había hecho que la abogada se fijase esa mañana en una jovencita rubia –Pilar Claudín– que estaba justo delante de esta Mercedes Gómez, dando así la oportunidad de hablar a una de las veteranas –así era “Merche” a sus 33 años– más duras. “Al irse la chilena nos metieron en las celdas de castigo a latigazo limpio˝, recordará décadas después. El gesto de la antifranquista quedó guardado en la memoria de las penadas al igual que otras muchas vivencias y ha llegado hasta hoy gracias a sus testimonios, muchos de ellos recogidos pacientemente años después por otra ex presa de Franco, Tomasa Cuevas, en lo que constituye un tesoro histórico sobre las cárceles de mujeres después de la guerra.

Entre el “fanatismo rojo” y la prostitución

Se persiguió a las “rojas”, enfermas de fanatismo marxista según las teorías del régimen. La gran influencia del filonazi comandante Antonio Vallejo Nágera, jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares, daba una cobertura pseudocientífica a la eugenesia. Autor de un “estudio” sobre prisioneros de guerra y mujeres presas, pretendió justificar como médico la inferioridad mental de los afectos a la democracia republicana, muy especialmente la de las féminas – “A la mujer se le atrofia la inteligencia como las alas a las mariposas de la isla de Kerguelen”, escribía en “Psicología de los sexos“ (1944)–. Por tanto, era conveniente que no tuvieran hijos y, caso de tenerlos, lo mejor para purificar la raza era separarlos de su perniciosa influencia: “si militan en el marxismo de preferencia psicópatas antisociales, como es nuestra idea, la segregación de estos sujetos desde la infancia, podría liberar a la sociedad de plaga tan terrible” (“La locura y la guerra”, 1939). La misoginia del doctor era ilimitada: “Ha desempeñado importante papel la mujer española en la tiranía roja (…) El hecho es tanto o más digno de atención cuanto que la mujer suele desentenderse de la política, aunque su fanatismo o ideas religiosas la hayan impulsado a mezclarse activamente en ella, aparte de que en las revueltas políticas tengan ocasión de satisfacer sus apetencias sexuales latentes “ (“Psiquismo del fanatismo marxista”, 1939). A igual que él, toda la propaganda de la dictadura insistía en la satanización de la “roja feminista˝, la que como mujer emancipada transgredía el rol tradicional. Era la opuesta a la mujer cristiana, cuya única misión en el altar de la Patria era el cuidado del hogar.

Taller de costura en la Cárcel de Segovia, s/f. Biblioteca de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias

De este modo se justificó y desplegó una represión feroz contra las que su única falta era ser madres, compañeras o hijas de republicanos, sin acusación específica ni otra base que la delación. Y también contra las presas comunes: entre ellas, las pequeñas estraperlistas que sorteaban el hambre de la posguerra, mientras las monjas y funcionarios de las prisiones traficaban con el alimento destinado a las internas, dejando sus raciones miserables. O las miles de chicas que se prostituían empujadas por la pobreza –en la España de la cruzada católica, la prostitución en los burdeles no fue prohibida hasta 1956 y estaban permitidos sin problema alguno, mientras que la actividad callejera de las más desamparadas era severamente castigada–. Una prostituta ilegal podía permanecer hasta dos años en una de las llamadas “prisiones especiales”. El ingreso se hacía por orden gubernativa, sin mandato judicial. En su mayoría se trataba de mujeres muy jóvenes sin recursos y con una alta incidencia de enfermedades venéreas, tifus o tuberculosis. La tipología de los delitos no da sino el reflejo de lo que era una dictadura en la que tampoco se respetaba la edad: había desde niñas de quince años a ancianas entre rejas.

La memoria de las penadas

Los testimonios de las presas –recogidos por ellas mismas, por historiadores como Ricard Vinyes, por directoras audiovisuales como Susana Koska– y los registros de los archivos penitenciarios y del PCE corroboran el hambre, el hacinamiento, el frío y la falta de una mínima higiene, las enfermedades subsiguientes. En su trabajo “Lucha tras las rejas franquistas“, publicado por la Universidad de Salamanca, los historiadores Santiago Vega Sombría y Juan Carlos García Funes recorren los años de la Prisión Central de Mujeres de Segovia. Causa escalofríos el ejemplo de una madre superiora, a la que apodaban “La Cinturilla“ –eran las hermanas de la Caridad las encargadas del centro–, que prohibió las medicinas o el alivio de un poco de hielo para bajar la fiebre a una gravísima enferma de meningitis por haberse negado a recibir la extrema unción. Las mujeres no tuvieron camastros de hierro hasta ese año 49, antes dormían sobre el suelo, en jergones. Según las reclusas, ellas no probaban la leche porque las mojas comerciaban con las dos latas asignadas por semana. Tenían desarreglos constantes con la menstruación, que se les retiraba durante meses, algunas se hinchaban… tampoco tenían apenas paños para su higiene personal. Si intentaban cocer agua encendiendo un fuego para lavarlos, eran castigadas. Por causa del frío tenían sabañones en los dedos de manos y pies.

Celdas de castigo y redes clandestinas

Al día siguiente de haber hablado como lo hizo, Mercedes Gómez fue incomunicada en celda de castigo. Al poco, sus compañeras, presas políticas – la mayoría disciplinadas militantes comunistas, y también algunas socialistas y anarquistas– y un puñado de las comunes se rebelaron por ello en una acción insólita por su arrojo frente a un régimen que no dudaba en ejecutar a prisioneras. No quedaba demasiado lejos el recuerdo de las “Trece Rosas“: el 5 de agosto de 1939 fueron fusiladas en Madrid trece jóvenes del penal de Ventas, siete de ellas menores de 21 años, en su mayoría militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas. Unas noventa presas fueron ejecutadas entre 1939 y 1943 en las tapias del cementerio del Este.

Galería de la primera planta, en la actualidad (A. B.)

En ese contexto, aquellas mujeres le hicieron una huelga de hambre a Franco durante cuatro días de enero del año 49 –en realidad, algunas de ellas ya lo habían hecho antes, en aquella prisión de Ventas–. El ayuno, sumado a la precaria situación que ya sufrían, subalimentadas, ateridas, dejó secuelas imborrables en la salud de muchas. Era tan fría y tan húmeda la cárcel de Segovia que generalmente no se podían ni usar las celdas de la planta baja, pero después de estos sucesos allí fueron trasladadas las cabecillas, tras ser arrojadas sus pertenencias al patio. El castigo a las amotinadas duró varios meses y perdieron la redención de condena por el trabajo.

Celda individual. La Cárcel Centro de Creación

Instalación de hilo de nylon encerado “Tensión” (Clara Soto y Jaime Velasco, Galerías IV, 2015)

Prisión Central de Segovia, 1954. Archivo personal de María Salvo

Galería de la planta baja. Marzo de 2017. (A. B.)

La numerosa presencia de presas políticas en Segovia hizo de este lugar un centro de formación cultural y política clandestina. A la dureza de la vida carcelaria reaccionaron creando fuertes lazos entre ellas para resistir, si bien no se oculta cómo las funcionarias y religiosas sabían hostigar a las comunes contra las políticas, si les convenía hacerlo. Con nombres como el de María Salvo Iborra, Josefina Amalia Villa, Juana Doña Jiménez, Isabel Alvarado Sánchez, Pilar Claudín Ponce: mujeres organizadas, combativas, algunas bien formadas, las militantes se ocuparon de mantener la dignidad y la disciplina, de enseñar a otras, de leer libros que circulaban clandestinamente. Algunas de las más preparadas, destinadas al trabajo de oficina, se las ingeniaban para ayudar a otras aliviando sus expedientes. Gracias a ellas, y a las comunes que se sumaron, su huelga de hambre de 1949 queda como un hito de la memoria antifascista española por lo que fue, un suceso extraordinario.

Telaraña de alianzas

Por contra, la huella de los miles de días corrientes de encierro es más difícil de dibujar, aunque tal vez más profunda. Mientras fuera prisión femenina –entre 1946 y 1956–, las rutinas se atravesaban sobre todo con hilo y aguja, labores propias de las mujeres bajo el régimen, presas o no. Coser, tejer. Hacendosas por extrema necesidad: además del trabajo en los llamados “destinos”, que redimían pena, las reclusas podían hacer labores privadas para ganar algún dinero con el que alimentarse ellas, sus hijos pequeños, o sus familias en el exterior. Hacían pañuelos, puntillas, camisas, chaquetas, mientras cosían para la España de Franco uniformes del Ejército o los paños del respaldo de los asientos de los trenes. Los registros de paquetes entrantes y salientes de la cárcel reflejan un sistema de ayuda de nuevo protagonizado por mujeres: las madres o hermanas eran las que traían y llevaban labores o comida o cosas para el aseo, en una proporción mucho mayor que los hombres de la familia, tantos de ellos abatidos en el frente, fusilados o presos igualmente.

Prisión Central de Segovia, s/f. Biblioteca de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias

Noticia de la huelga de hambre en la edición de “Mundo Obrero” del 21 de abril de 1949, Universidad de París

Reunión de Les Dones del 36 (Mujeres del 36), el 25 de enero de 2014. Asociación de mujeres antifascistas creada en Cataluña, actualmente disuelta por su avanzada edad, algunas de ellas han fallecido. De izquierda a derecha, en primera fila vemos a Conxa Pérez, Rosa Cremón, Enriqueta Gallinat, Manola Rodríguez, Carme Casas, Victoria Carrasco, Trinidad Gallego y María Salvo. (Foto Lluc Lobez, Wikimedia Commons).

Hoy, cualquiera puede pasear por la vieja prisión y cruzar las puertas de hierro de sus celdas con los enormes cerrojos abiertos sin temor a que, a las nueve en punto, den “el cerrojazo” como entonces. Para entrar a las convocatorias en las galerías de la cárcel de Segovia, desde 2011 centro de creación cultural dependiente del Ayuntamiento de la ciudad, hay que atravesar la misma reja de gruesos barrotes que cruzaron un día las condenadas. Los muros, las celdas, los ventanucos siguen ahí, con el frío que se siente dentro pese al sol exterior. Ahora, una multitud de hilos teje una red a ambos lados de la escalera rehabilitada, para que los visitantes libres saludemos el recuerdo de aquellas costureras de telas y tejedoras de alianzas, como arañas madres hilando una fibra invisible. Y es por todo eso que la acción de convertirlo en un espacio para la cultura donde encontrarse y exponer obras de arte –plástica, cine, teatro– actualiza en nosotros, el público curioso, el rastro de las vidas que allí transcurrieron y lo superpone al discurso de los artistas por la libertad.

Las puertas abiertas

Cada año desde hace un lustro la cárcel convoca el proyecto Galerías, abierto a cualquier artista o colectivo, para intervenir en las celdas y otros espacios. Es por eso que el visitante de hoy se encuentra de bruces con un sobrecogedor cubículo que ha quedado pintado de negro, con marcas a modo de calendario de náufragos en las paredes. El resultado de la presente edición de Galerías lo veremos en septiembre. Antes, en primavera, de las paredes de las celdas han colgado trabajos de doce fotógrafas, emparejadas en “Miradas paralelas”, en un encuentro de artistas de países distantes que resultan extrañamente afines. De nuevo, la vida domesticada de las mujeres asoma entre telarañas alegóricas que atrapan vidas en interiores. Si, como sostiene Amparo Garrido, una de estas fotógrafas, el interior de una casa habitada puede leerse como un texto, ¿seremos capaces de leer el párrafo que nos deja, intramuros, esta prisión rehabilitada? Golpe a golpe, puntada a puntada, quedan los hilos de una trama de guardianas y prisioneras como herencia nuestra.

Intervención en la celda 2.12 de Chalo Moca, “De cómo en el subsuelo de la existencia pueden las nubes echar raíces” (Galerías IV, 2015)

Ventana de la cárcel y fotografía de Amparo Garrido, expuesta en “Miradas paralelas”, marzo-abril 2017

Fotografías de Soledad Córdoba y Shadi Ghadiarian, en la exposición “Miradas paralelas”, marzo-abril 2017

El centro es también la sede de los Encuentros “Mujeres que transforman el mundo”, cita anual de activistas, literatas, periodistas o filósofas, que como escribe la alcaldesa Clara Luquero de Nicolás “es un homenaje a las mujeres, conocidas y anónimas, que en su vida diaria contribuyen a crear un mundo donde es posible la transformación y la paz˝. El simbolismo de esta nueva vida de una cárcel con las puertas abiertas es, en definitiva, un paso al frente por la libertad como el que da la figura, obra de un escultor republicano –Alejo Otero Besteiro–, antiguo preso en Burgos, que a escasos metros recuerda a aquellas libertarias de Segovia. Allí, mientras derriba barrotes y aparta cadenas, una mujer de bronce envejece en la soledad de su jardín. 

Escultura en homenaje a las presas de la cárcel de Segovia, obra de Alejo Otero Besteiro, en los Jardines de Villángela, próximos al edificio penitenciario (Movimiento Libertario Pueblada / M. S. S.)

BIBLIOGRAFÍA:

Los testimonios de estas mujeres quedan recogidos en libros de memorias, como el de Tomasa Cuevas “Testimonios de mujeres en las cárceles franquistas” (Inst. de Estudios Alto Aragoneses, Huesca, 2004), el de Juana Doña ”Desde la noche y la niebla”, y otros. Son de referencia libros como los del profesor Ricard Vinyes (“Irredentas”, Temas de Hoy, Madrid, 2002, y otros), “La lucha es tu vida” (Carlos Fernández Rodríguez, Fundación Domingo Malagón) y otros historiadores; documentales como el de Susana Koska “Mujeres en pie de guerra” (2004) y el de Jorge Matas Salguero “Del olvido a la memoria: Presas de Franco” (2007); o el artículo de los historiadores Santiago Vega Sombría y Juan Carlos García Funes “Lucha tras las rejas franquistas. La prisión central de mujeres de Segovia” (Ed. Universidad de Salamanca, 2011).

 
 

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